jueves, 6 de agosto de 2026

Detrás de la pantalla también hay personas


¿En qué se ha convertido nuestra sociedad?

Estos últimos días he estado pensando mucho. No solo pensando, sino analizando la forma en la que vivimos y cómo, poco a poco, parece que nos estamos destruyendo entre nosotros mismos.

Vivimos en una sociedad capaz de sobreexplotar los recursos naturales, maltratar animales y acabar con su propio planeta. Sin embargo, hoy dejaré ese tema de lado para hablar de algo que vivimos prácticamente todos los días y que, aunque muchas personas lo ven como algo normal, puede llegar a ser realmente peligroso.

Las redes sociales y lo terribles que pueden llegar a ser

Elegí este tema porque llevo bastante tiempo analizándolo. No pretendo que todos piensen igual que yo; simplemente quiero compartir mi opinión y explicar por qué considero que las redes sociales han terminado convirtiéndose en un arma de doble filo.

Las redes sociales fueron creadas con una buena intención: conectar personas. La primera red social moderna fue SixDegrees, fundada por Andrew Weinreich en 1997. Su objetivo era sencillo: facilitar la comunicación entre personas y demostrar que todos estamos conectados de alguna manera.

Con el paso de los años comenzaron a aparecer plataformas que hoy prácticamente todos conocemos, como YouTube, WhatsApp, Instagram, Pinterest y TikTok. Cada una nació con un propósito diferente, pero todas compartían la misma idea: acercar a las personas. Actualmente existen miles de redes sociales en el mundo, aunque solo unas cuantas concentran la mayor parte de los usuarios. Aun así, todas forman parte de un mismo fenómeno que ha cambiado por completo la manera en la que nos comunicamos.

Y aquí es donde quiero detenerme.

El problema nunca fueron las aplicaciones, sino la forma en la que nosotros decidimos utilizarlas. Internet puede ser un lugar donde aprendes, encuentras personas con tus mismos gustos, haces amistades o descubres comunidades increíbles. Pero también puede convertirse en un espacio donde el odio, la humillación y el acoso se normalizan tanto que dejan de sorprendernos.

El caso de Amanda Todd

Uno de los casos que más me impactó fue el de Amanda Todd. En 2012, Amanda, una adolescente canadiense de 16 años, publicó un video en YouTube contando el acoso, las amenazas y la presión que había sufrido durante años. A través de unas simples tarjetas explicó cómo una sola persona había logrado convertir su vida en una pesadilla.

Cuando conocí este caso sentí una mezcla de tristeza y enojo. De verdad me pregunto: ¿en qué momento nuestra sociedad se volvió tan repugnante como para amenazar a una adolescente con difundir imágenes privadas de ella? ¿En qué momento dejamos de ver a las personas como seres humanos para empezar a verlas como simples objetivos de burla?

Lo peor es que Amanda no fue un caso aislado. Existen miles de historias parecidas que probablemente nunca conoceremos.

Recuerdo que durante el año pasado (2025) comenzaron a aparecer videos con texto rojo donde muchas personas hablaban de sus problemas. Algunos los utilizaban para burlarse, otros para victimizarse y otros, desde mi punto de vista, realmente estaban intentando pedir ayuda. Porque muchas veces confundimos una petición de ayuda con alguien que "solo quiere llamar la atención", y no siempre es así.

Hay personas que simplemente ya no saben cómo expresar lo que sienten. No buscan que les tengan lástima; buscan que alguien los escuche. Antes de juzgar, deberíamos preguntarnos qué está pasando realmente con esa persona.

El caso de Sulli

Otro caso que siempre me ha provocado mucha tristeza es el de Sulli, cantante y actriz surcoreana. Durante años fue blanco de críticas constantes por decisiones completamente personales: su forma de vestir, su apariencia, su comportamiento e incluso por cosas tan absurdas como no usar sostén.

¿De verdad alguien merece ser juzgado por eso?

Me parece increíble que miles de personas puedan dedicar parte de su tiempo a atacar a alguien por algo que ni siquiera les afecta. Y eso demuestra lo fácil que es escribir comentarios crueles cuando existe una pantalla de por medio. Muchas veces olvidamos que detrás de cada publicación existe una persona real. Alguien que siente, que llora y que también puede cansarse.

Aunque nunca sabremos exactamente todo lo que pasó por su mente, sí sabemos que fue víctima de una presión constante y de un nivel de escrutinio que ninguna persona debería soportar. Casos como el suyo nos recuerdan que el ciberacoso no es "solo un comentario"; puede convertirse en una carga diaria para quien lo recibe.

Mi reflexión

En mi opinión, las redes sociales sí han cambiado la forma en la que actúa la sociedad, pero no creo que ellas sean las verdaderas culpables.

Los culpables somos nosotros.

Hoy basta con que una persona famosa publique una acusación, unas capturas de pantalla o una historia para que miles de usuarios comiencen a insultar, amenazar y difundir información sin siquiera preguntarse si todo eso ocurrió realmente.

Ya nadie investiga. Ya nadie se toma el tiempo de escuchar las dos versiones. Simplemente siguen a la multitud.

Y eso puede terminar destruyendo la vida de alguien.

Hay personas que incluso buscan información privada, difunden direcciones, inventan rumores o convierten el odio en una especie de entretenimiento. Lo más preocupante es que todo esto se ha normalizado. Parece que ahora cualquier persona cree tener el derecho de opinar sobre la vida de alguien que ni siquiera conoce.

Y si esa persona es diferente, piensa distinto o simplemente no cumple con las expectativas de los demás, inmediatamente es señalada como "rara", "ridícula" o "extraña". Personalmente, prefiero ser diferente antes que formar parte de una sociedad que disfruta humillando a otros.

No digo que las redes sociales sean malas. Sería absurdo afirmar eso. Gracias a ellas muchas personas encuentran amigos, aprenden cosas nuevas, consiguen trabajo, comparten arte, crean comunidades e incluso encuentran apoyo en momentos difíciles.

Pero también han demostrado el enorme poder que tienen nuestras palabras. Un comentario puede parecer insignificante para quien lo escribe, pero no sabemos qué está viviendo la persona que lo recibe.

Por eso creo que antes de publicar algo deberíamos preguntarnos si realmente aporta algo o si solo estamos alimentando el odio que ya existe en internet.

Quizá el verdadero problema nunca fueron las redes sociales.

Quizá el verdadero problema siempre ha sido la sociedad y la facilidad con la que olvidamos que detrás de una pantalla sigue existiendo un ser humano.


Fuentes consultadas

Caso Amanda Todd

Caso Sulli

2 comentarios:

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