A menudo suelo escuchar a gente hablar sobre cómo se “deben” ver los demás, cómo deberían vestirse, qué deberían hacer, qué deberían cambiar de sí mismos para poder encajar. Y, sinceramente, ¿quién decidió todo eso? Porque si lo pensamos un poco, la mayoría de esas cosas no son más que estereotipos que llevamos tanto tiempo viendo que terminamos creyendo que son normales.
Todo esto se vuelve todavía más evidente cuando entramos a redes sociales. Vemos a una persona de piel clara y automáticamente hay quienes la comparan con alguien de piel morena, como si una persona tuviera que verse de determinada manera para ser considerada bonita, aceptable o “mejor” que otra. ¿Por qué? El racismo es algo completamente absurdo, y todavía más absurdo es que sigamos permitiendo que exista y que se reproduzca como si fuera una opinión cualquiera. Y no es solamente el color de piel. También empiezan con el “tienes que vestirte así”, “deberías verte así”, “tu cuerpo debería ser de esta manera”, “si quieres gustarle a la gente tienes que cambiar esto”. Todo, absolutamente todo, parece tener una regla.
Lo peor es que muchas veces estas reglas vienen de una pantalla. Una pantalla. Gente que probablemente ni siquiera conocemos puede llegar a decirnos cómo deberíamos vernos, cómo deberíamos comportarnos o incluso qué deberíamos pensar. Y hay personas que terminan creyéndose esos comentarios. Se dejan llevar tanto por lo que ven en Internet que comienzan a cambiarse para satisfacer expectativas que ni siquiera son suyas. Y eso sí me parece devastador. Porque poco a poco dejan de ser esa persona que los hacía únicos. Esa forma de hablar, de vestirse, de expresarse, de ser diferente… todo eso empieza a desaparecer porque alguien detrás de una cuenta decidió que no era “suficiente”.
Mi punto con todo esto es que lo hemos normalizado.
